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17-03-2008
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Imagen de una panorámica de la fábrica en la época en la que más producía explosivos y del símbolo que durante décadas representó a la empresa que ha marcado la comarca.
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Nieto, marido, hijo y padre de trabajadores de la planta que la Unión Española de Explosivos mantiene en Galdakao, Antonio Zabala pasó 61 años en esta fábrica conocida como 'la Dinamita', de los que ha dejado constancia en un libro que sólo poseen 50 privilegiados.
J. Jobajuria
a pesar de tener 95 años, Antonio Zabala recuerda con todo detalle el examen que le hicieron de chaval para entrar a formar parte de la plantilla de la fábrica conocida como la Dinamita. "Tuve que hacer una regla de tres compuesta pero que me resultó de lo más sencillo" rememora este vecino de Galdakao. Contaba con 15 años cuando le sacaron de uno de los colegios que la Fundación Española de la Dinamita tenía a su cargo para que entrara al departamento de Personal para poner al día los pagos a los trabajadores.

Desde entonces, su vida ha girado en torno a esta fábrica de explosivos ideada por Alfred Nobel, el celebérrimo inventor de la dinamita y cuyo apellido bautiza los premios que anualmente se conceden a los personajes más destacados del mundo.

Nieto, hijo, marido y, como no podía ser de otra forma, padre de una de las trabajadoras de la fábrica, Antonio es el autor del libro Historia de la fábrica La Dinamita de Galdakao del que tan sólo se editaron 50 ejemplares.

La idea surgió cuando recibió una llamada desde Madrid para que recopilara datos sobre la planta ubicada hoy en el barrio de Zuazo para, con su ayuda, poder homenajear a la Unión Española de Explosivos en su centenario. Pero esta efemérideno ocurría cuando a Antonio le parecía correcto, ya que, para él, las bases de la fábrica de Galdakao y por ende, de todas las fábricas de dinamita del estado se fundaron en 1872.

Así que, ni corto ni perezoso, este jubilado de La Dinamita celebró el centenario de la empresa publicando en solitario su libro, del que tan sólo le queda un ejemplar. "Pensaba que no lo iba a querer nadie, pero al final entre familiares y trabajadores de la fábrica, los repartí todos", asegura Antonio.

Su obra arranca con la puesta en marcha de la Sociedad Anónima Española de la Pólvora y Dinamita promovida por Alfred Nobel, que previamente había pedido en Madrid la patente de su invento, arropado por banqueros franceses quienes designaron al bilbaino Pedro Telesforo de Errazkin como mandatario general.

Fue en las faldas del monte de Santa Marina, en las inmediaciones del barrio bilbaino de Begoña, donde se instala en 1872 la primera fábrica de elaboración de dinamita del Estado y la quinta del mundo.

Pero el lugar no era óptimo. Tras el parón que aconteció durante el sitio de Bilbao, en plena Guerra Carlista, se localizaron unos terrenos en Galdakao más apartados de la población y beneficiados por el paso de la nueva línea del ferrocarril Bilbao-Durango.

Ya iniciado el siglo y asentada en su ubicación definitiva la fabrica recibe en 1917 a Antonio, cuando entra a formar parte de la plantilla y de la a que no se despegará hasta 1978, "con 61 años en activo", apostilla. Porque esta historia viva ha estado pegado siempre a la fábrica. Sigue siendo vecino de Tximelarre Goikoa, un barrio surgido a raíz de las viviendas construidas para los propios trabajadores.

Una historia cíclica

Épocas de crisis y esplendor

"A partir de su fundación, la empresa sufre tanto épocas de esplendor como de crisis, que logró superar", comenta con lucidez y memoria.

Recuerda como la Guerra Civil supuso una brecha personal y laboral. "Pasaron a preguntar a ver quien quería ir al frente, y allí que me fui", confiesa Antonio aunque asegura que "yo tuve mucha suerte" ya que cuando le tocó estar en primera línea de batalla, los combates entre los republicanos y el ejército de Franco todavía no habían empezado.

Después, cuando Bilbao ya estaba tomada, en vez de entregarse como hicieron muchos ante las falsas promesas de perdón, Antonio se escondió en la sede que la fábrica tenía en Bilbao, donde trabajaba su hermano. Una vez los franquistas pasaron de largo, los dos hermanos se escabulleron de la Villa monte a través dirección Galdakao. "Pero claro, en la fábrica nos habían despedido a todos los que habíamos marchado contra Franco", comenta triste.

Pero el buen hacer de Antonio antes de la guerra había llegado a oídos de los jefes que en esa época ponían todo su empeño en la elaboración de granadas y material armamentístico en un contexto de guerra en España que se sumaba a los rumores de la segunda Guerra Mundial. "Fueron tiempos de muchísima producción gracias a las materias primas que Franco traía de Alemania e Italia. Tanto fue así que La Dinamita pasó a tener 3.000 trabajadores". Y Antonio uno de ellos.

"Había mucha gente afín al régimen que creía que tenía el puesto asegurado y no daba un palo al agua, así que me llamaron a mi porque necesitaban gente que trabajara", recuerda Antonio.

Aunque no fue fácil, ya que entre otros delitos, a Antonio le acusaron de escribir con "ortografía eusquérica". "Y todo por escribir el nombre del director (Olabarrieta) con b. Menos mal que el mismo director llamó al alcalde para echarle la bronca y decirle que, en verdad, su apellido se escribía así".

La época de esplendor continúa, según Antonio, tras la Segunda Guerra Mundial ya que los países aliados a través de la OTAN, necesitan del hacer de la fábrica de Galdakao para reconstruir las obras civiles que se habían perdido en los bombardeos. Puentes, carreteras... para todo era necesario explosivos.

Pero cuando estos países empezaron a levantar cabeza, la cosa fue empeorando. A partir de los años 70 la empresa entró en un periodo de endeudamiento y depresión que se saldó con la entrada de nuevos capitales a una sociedad por entonces a punto de desaparecer y que ahora mantiene su actividad pero sin el esplendor del siglo XX.



La peligrosidad perenne de la fábrica

Los episodios que Antonio recuerda con más tristeza, y a los que dedica un apartado de su libro, fueron los numerosos accidentes que tuvieron lugar en 'La Dinamita'. El más conocido por su gravedad y su cercanía en el tiempo fue el de 1974, en el que fallecieron 22 trabajadores. Los sentimientos se desparraman en Antonio al recordar aquel día. Su buena estrella le llevó a encontrarse regando su jardín pero recuerda el ruido de la explosión "que se oyó por todo el valle hasta Durango". "Fue un día de muchísimo calor, con el ambiente muy cargado y el cloruro de acetona subió al aire en gran condensación. La chispa que detonó la explosión no se sabe donde se produjo. Ni se sabrá nunca", lamenta. Lo cierto es que desde sus comienzos la fábrica no ha sido un lugar seguro. Ya el 5 de julio de 1884, una explosión segó la vida de seis trabajadores. A los que se le sumaron dos víctimas en la explosión de un taller en 1910, con la fábrica ya instalada en Zuazo. Esta ubicación soportó también en 1956 la pérdida de otros diez obreros en la sección de los cartuchos de dinamita, así como los siete fallecidos de 1983, la última gran tragedia. >Janire jobajuria

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