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09-07-2008
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Colaboración
Al juez Garzón, desde Euskadi
Carmen Torres Ripa
Señor Garzón, ¿qué tal duerme? Con pijama o sin él me da igual. Busco su intimidad de sueño y mi pensamiento me dice que usted toma cada noche un envase entero de valium para olvidar los horrores que ha causado durante el día. Su despertar debe ser apoteósico. Un yoga exclusivo para insaciables con deseo de notoriedad. Relajado, aspira, expira, su cabeza gira al norte y al sur, al este y al oeste para buscar un nuevo caso que le convierta en el arquero invencible. Sus principios nada tienen que ver con los de Robin Hood, sus flechas envenenadas no buscan socorrer a familias humildes o salvar a virginales doncellas. Esas pequeñeces comunes no entran en su código moral. Un código tergiversado que busca, como primer objetivo, fastidiar. Y mire que fastidia usted… Los seres humanos -sus congéneres, mal que le pese- le traen sin cuidado. ¿Sufren? Pues que se aguanten. Envuelto en la luz de los flases de los fotógrafos se cree la nueva estrella nacional. Los dioses a su lado, apenas un reflejo de su luminosidad.

Cuando era niña -usted también fue niño- un juez era el paradigma de la equidad y el equilibrio. Impartir Justicia -quizá, por el recuerdo del rey Salomón y su sabiduría- casi rozaba la santidad. Ahora me cuestiono con incertidumbre si los jueces son justos. La Justicia parece un capricho personal, amparada por unas discutibles y opinables leyes que defienden, según su audacia y pericia, seres humanos sin dotes extraordinarias.

La Justicia cambia de signo según convenga y a usted, señor Garzón, le conviene muchas veces porque le apetece sacar las cosas de quicio. ¿Tiene usted idea de lo que es estar secuestrado? ¿Muriendo cada día de pena, de miedo, de frío, de hambre, de soledad, de desesperación…? ¿Se imagina que las ratas salten entre sus pies, que la humedad se adhiera a su piel y los chinches a su pelo, que el calor le ahogue, que la intimidad sea tan publica que carezca del privilegio de un simple orinal y tenga que hacerlo…?

En estos días hemos vivido muchas historias de secuestros y son tan deprimentes y degradantes que hasta los mismos protagonistas piden a Dios que les borre de la cabeza ese tiempo de pesadilla. Pero usted, señor Garzón, roza la perversión cuando es capaz de pensar que un secuestrado pague a su propio secuestrador. ¿Cómo es capaz de interrogar a un señor de 81 años que ha sufrido un secuestro y, además, no tratarle con el respeto de su edad, su señorío interior y su demostrada categoría humana?

No sé qué hemos hecho los habitantes del norte de España para sufrir tanta ignominia. ¿Cómo puede imputar como colaborador de banda armada a un ex viceconsejero de Interior del Gobierno vasco e íntimo colaborador de Retolaza? Usted está enfermo. Además, prestigiosos juristas dicen que estas detenciones que se han practicado -ordenadas por no se sabe quién- son ilegales. Hay tanta ilegalidad en la vida… Y sin preguntarle por las famosas e interesadas filtraciones a la prensa desde fuentes de la lucha antiterrorista. Unas fuentes que, sin duda, ayudan mucho a la investigación.

Cuántas cosas han cambiado en poco tiempo… Pero usted, que cree saberlo todo, posiblemente desconozca una historia que le voy a contar. Hace más de treinta años, ETA secuestró en Berriz al joven José Luis Arrasate. Después de numerosas negociaciones -lo sé con certeza porque mi marido, José María Portell, vivió en primera línea el suceso- se llegó a fijar una cantidad de millones como pago del rescate. El dinero, una vez reunido, había que pasarlo a Francia, la aduana era un problema y tanto dinero en efectivo podía resultar sospechoso.

Y ¿sabe usted, señor Garzón, quién pasó ese dinero en una furgoneta? La policía. La policía llevó el dinero. Fue la policía quien dejó el importe de la libertad del secuestrado donde los etarras dijeron. No vi que aquellos policías fuesen acusados de colaboración con banda armada.

Recuerdo con emoción aquel día de enero, cuando José Luis entró en su casa de Berriz, sus padres lloraban, su familia entera le abrazaba y en aquel revuelo emotivo, yo sostenía en mis brazos a mi hijo pequeño, Jesús. Allí, en el jolgorio de bienvenida, aprendió a andar. ¿Por qué cuento estas intimidades familiares? Porque sé lo que sufrió aquella familia y heredé el cariño que José Mari les tenía. Pero aquel joven que entró desorientado a su propia casa después de interminables días de secuestro, murió de un infarto. La angustia del secuestro se había pegado a su piel para siempre. Una mayoría de los secuestrados -me lo contó un médico- mueren de infarto. A los que consiguen superar esa crisis, usted señor Garzón, se encarga de arrancarles de un plumazo cinco años de vida. Con 81 años declarar, para Jesús Guibert, debió de ser precipitar los recuerdos y… Dios, en su infinita bondad, sabrá cuidar su corazón dolorido porque usted no lo hará nunca. Y, así vivimos. Sostenidos en el aire por ese hilo que llaman Justicia y usted representa con orgullo de gallo.

Quisiera que estas líneas fueran para todos los que han sido interrogados con impotencia, para todos los que tenemos que soportar la angustia de vivir amenazados por ETA y a la vez tener que aguantar que nos llamen etarras. Nos estamos volviendo locos, y el manicomio no cura, porque el manicomio es un Tribunal Supremo sin sentimientos y aún no existe un hospital para el corazón.

"Fue la policía quien dejó el importe de la libertad del secuestrado donde los etarras dijeron"
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