Anteayer se estrenó en los Multis El infierno vasco, último trabajo de Iñaki Arteta. Ya les hablé de él hace meses, cuando sólo conocía diez minutos del documental, y también comenté hace años en este mismo diario Trece entre mil, la anterior obra del cineasta bilbaino. Por insistir, que no quede. El viernes veintiocho personas asistimos a la narración del exilio de treinta paisanos, lo cual demuestra que aquí todo es posible, incluso la paradoja de una sesión de cine donde hay más protagonistas en la pantalla que espectadores en la sala.
Entre los veintiocho testigos del cercano horror conté diez matrimonios de edad, un trío de señoras y cinco pájaros solitarios, uno quien esto escribe, que era con diferencia el benjamín del grupo. Por si todavía no lo saben, les cuento que El infierno vasco da voz a esos miles de vecinos que, amenazados por el terror o asfixiados por el ambiente, han tenido que hacer las maletas y abandonar esta tierra. Esos treinta testimonios son el reflejo condensado de infinitos dramas, pero diré más: la presencia de sólo veintiocho espectadores en el único sitio de Bilbao donde se puede ver el filme también es el reflejo de un drama colectivo, una indiferencia marmórea ante lo que está pasando delante de nuestras narices. En Donostia ni siquiera se ha estrenado y fuera de la CAV sólo está en seis carteleras.
Lo dije y lo repito: las pelis de Iñaki Arteta deberían mostrarse en nuestras escuelas y televisiones públicas. Yo estoy en desacuerdo con la opinión de algunos entrevistados, lo cual lejos de suponer un problema anima a la reflexión y me recuerda que esta sociedad es plural. La semana que viene se estrenará Gomorra, y una multitud acudirá a verla y se solidarizará con Roberto Saviano, obligado por los malos a huir de Italia y a vivir con escolta. Cosas de Sicilia, qué buena está la merluza. |