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09-05-2009
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Fausto Coppi avanza poderoso en la montaña.
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"coppi era Dios"
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"coppi era Dios"
Cien años de Giro de Italia se resumen en un grito atronador, "¡Coppi! ¡Coppi! ¡Coppi!", que retumbaba en Los Dolomitas y que rescata de la memoria Bernardo Ruiz, ciclista alicantino que corrió, como Jesús Loroño, con 'Il campeonissimo'.
coppi era Dios". La frase es de simpleza deliciosa y textura emotiva extraordinaria. Es un pálpito. Pura agitación. Volcánica. Turbadora por visceral. Posee, además, un hondo alcance histórico. Comprime el grito un siglo de ciclismo, de Giro de Italia, la carrera rosa que surgió en el ideario de un periódico quincenal, La Gazzetta dello Sport, en agosto de 1908 como respuesta empresarial a la creación de la Vuelta Automovilística a Italia, propiedad de Il Corriere della Sera. La primera edición se corrió un año después, hace ahora 100, en 1909, y la ganó Luigi Ganna. Es el primer nombre del ciclismo italiano, de particularidad encantadora, reflejo de una sociedad apasionada, envolvente, embaucadora, anárquica, y de enorme sentimiento nacionalista. Italia se ama. Locamente. Por eso, el Giro fue reducto italiano durante 32 ediciones, hasta 1950, año en el que derribó el mito el suizo Hugo Koblet, superior a Gino Bartali y Fausto Coppi. "Fue una tragedia. Pero el suizo ganó bien. Fue el más fuerte sin discusión", resume Bernardo Ruiz (Orihuela, Alicante, 1925) primer ciclista estatal en ganar una etapa en el Giro (1955) y miembro de la expedición que irrumpió en Italia en el despertar de la década de los 50. Dirigía aquella guerrilla que se acodó en el Giro de 1952 de una manera precaria Mariano Cañardo, (primer ciclista vasco en pisar Italia en 1931 en compañía del abulense Ricardo Montero, invitados ambos por la Federación Italiana de Ciclismo, aunque ninguno de los dos logró concluir la prueba), y, claro, sólo acabó Bernardo Ruiz, que compartió equipo al año siguiente con Jesús Loroño, el primer ciclista de Euskal Herria en acabar el Giro. "En aquellos tiempos el Giro era algo desconocidísimo para nosotros. Allí conocí a Coppi. Ha habido muchos ciclistas en la historia del Giro. Se me ocurren Fontana, Guerra, Binda, Gimondi, claro, Merckx, Hinault... Pero Fausto era diferente. Marcó una pauta. Coppi era... era Dios".

La sentencia es unánime. En la jerarquía del ciclismo italiano, Coppi se eleva majestuoso sobre los demás. Le discute en notoriedad, en admiración, Gino Bartali. Ambos fueron rivales. "Cuando ganaba Coppi la mitad de Italia estaba feliz; cuando lo hacía Bartali, la otra mitad". La Italia dividida. Acabada la II Guerra Mundial, el paisaje europeo, también el italiano, se mostró desolador. Nadie acierta a razonar con certeza científica el motivo por el cual Italia vertió todo su sentimiento, su resquicio de esperanza, en esos dos ciclistas, pero cuentan que fue por supervivencia, por la necesidad de soñar, de creer en algo que distrajera la visión de una realidad desmoronada. Coppi, Bartali e Il Gran Torino (mítica escuadra de fútbol de Turín que lideraba Valentino Mazzola y que se extinguió trágicamente en un accidente de aviación en 1949, cuando todo el equipo regresaba de jugar un partido amistoso contra el Benfica, sumiendo a Italia en un profundo lamento) fueron un narcótico para el dolor que emanaba de la grieta que había dejado abierta el fascismo. "En aquellos años el ciclismo era el deporte que predominaba. Estaba por encima del fútbol. Ignacio Eizagirre (portero donostiarra de la época que debutó en la Real Sociedad y jugó en el Valencia, entre otros equipos, y que fue 18 veces internacional), por ejemplo, tenía una ficha de 35.000 pesetas y cobraba 1.500 al mes, mientras Coppi ganaba más dinero que todo el Madrid y el Barça juntos. Incluso yo llegué a ganar más de un millón tras ser podio en el Tour (1953) y disputar después varias carreras de final de temporada (criteriums)", dice el alicantino, quien tuvo la oportunidad ese año de realizar una gira de un mes desplazándose en el coche del legendario Fausto, en el que iban también uno de sus gregarios y Bruna Ciampolini, la primera mujer de Coppi, de la que se separó en 1954, pues mantenía ya entonces una relación extramatrimonial con Giulia Occhini, la mujer del doctor Locatelli, uno de sus acérrimos seguidores, a la que se conoció como la Dama Blanca y con la que llegó a casarse Coppi en México, aunque el matrimonio no fue reconocido en Italia.

En eso se diferenciaban Coppi y Bartali. Eran de estilo de vida antagónicos. Radiografió Curzio Malaparte, periodista y escritor italiano, a un Bartali clásico "un hombre en el sentido antiguo, metafísico también, de la palabra. Sabe que un solo fallo en el motor de la providencia puede suponerle una derrota. Sólo levanta la cabeza para mirar el cielo. Por el contrario, Coppi es un mecánico. Sólo cree en el motor que le ha sido confiado, es decir en su cuerpo". "Bueno", recapacita Bernardo Ruiz. "No cabe duda de que eran diferentes. ¿Más religioso Bartali? No lo sé. Tuve oportunidad de conocerle mejor en una gira por Argentina a la que no vino Coppi, que prefirió irse a África (donde cogió la malaria que acabó con su vida el 2 de enero de 1960). Bartali era dicharachero, pero gruñón. Todo le molestaba. Aunque era una bellísima persona. Coppi era más serio, hablaba poco y se mantenía siempre en una corrección impecable", describe el alicantino, quien no duda, en cambio, en elevar la figura del zancudo Coppi (el primer ciclista de la historia que firmó el doblete Giro-Tour el mismo año y que logró la astronómica cifra de cinco triunfos en la carrera rosa) sobre Bartali en la faceta física. Dice Ruiz que Il Campeonissimo "fue el mejor" de una época en la que era imposible, en el Giro, ganar a los italianos. "Salvo Koblet, nadie lo pudo hacer. Tenían que ganar o Coppi o Bartali. Ellos crearon la imagen del gregario entregado por y para ellos. En Italia se corría entonces a la española, despacio durante gran parte del recorrido hasta que llegaba la montaña. Entonces empezaba la batalla. Y en la subida Coppi era el más fuerte", sentencia Bernardo Ruiz con una leve risa pérfida que traduce al poco. "Es que, pasaba Coppi el primero y los tifossi se tiraban, en el sentido literal, a la carretera. No pasaba nadie más", abunda el alicantino, en cuya memoria retumba aquel bullicio "ensordecedor" en mitad de la montaña, sobre la arcilla que cubría la carretera descarnada de los inmensos Dolomitas, la danza histérica, y el atronador: "¡Coppi! ¡Coppi! ¡Coppi! ¡Fausto! ¡Fausto! ¡Fausto!", que manaba de la garganta de media Italia. "Pero la rivalidad era de la afición. Ellos no se llevaban ni bien ni mal, simplemente, esa disputa no estaba en sus cabezas. Andaban en bicicleta y trataban de ganar. De hecho, en todos los Giros que corrí con ellos nunca aprecié que estuvieran disgustados el uno con el otro".

"Cuando ganaba Coppi la mitad de Italia estaba feliz; cuando lo hacía Bartali, la otra midad", dice Bernardo Ruiz

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