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15-05-2009
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La riqueza de toda una historia
FERNANDO LAMIKIZ
Lamikiz habla con orgullo, con amplio conocimiento de lo que se sufre para llegar a una final de Copa, de lo que cuesta conseguir un título y abre un paréntesis para la reflexión de futuro, para un Athletic inmerso en el mundo de la globalización.

TODOS los vizcainos de cierta edad tenemos, de una u otra forma, una referencia clara de las finales de Copa que ha disputado el Athletic. Hemos tenido la suerte de recibirlas de nuestros aitas y de haberlas podido vivir personalmente.

Probablemente, la gesta más brillante de nuestra historia se corresponde con la final ganada al todopoderoso Real Madrid de Alfredo Di Stéfano el 29 de Junio de 1958 en el propio Chamartín. Once vizcainos ganaron 2-0 al equipo que asombraba a Europa y se encontraba plagado de internacionales, con goles de Eneko Arieta (Durango) y Mauri (Gernika) en la que habría de ser la séptima copa que levantaba el inigualable Piru Gainza. Eran fiestas de numerosos pueblos (Mundaka, Elantxobe, Mungia …) y se reforzaba una leyenda iniciada por los Belauste, Pichichi, Iriondo, Zarra, Panizo y tantos otros.

Con posterioridad, se sucedieron las finales contra Zaragoza, Valencia, Elche, Castellón, Betis, Barcelona y Atlético de Madrid.

Han transcurrido veinticinco años desde la consecución de nuestro último título y la gente más joven de nuestra tierra no había conocido el sabor de una final de Copa. Su conocimiento ha sido muy distante. Se han visto confusos ante la Historia de un club inigualable y la cruda realidad: competiciones continentales, la televisión que acercaba a sus ojos a los mejores jugadores del mundo, equipos galácticos, dificultades clasificatorias….

Durante todo este tiempo, los eventos que se han sucedido en el fútbol, cada vez más globalizado, como el resto de la sociedad, parecen haber sido diseñados milimétricamente en contra de nuestra propia identidad: la desaparición del derecho de retención, la Ley Bossman, la irrupción de los extranjeros, la asimilación de los comunitarios, los contratos televisivos, la mercantilización del deporte en general y del fútbol en especial, la ausencia de zonas en las que los pequeños puedan jugar, el descenso de natalidad… Todo ello nos ha situado ante la duda, ante la incertidumbre sobre nuestro futuro. Situaciones puntuales aparte han sido años difíciles. Bien lo puedo decir porque los he vivido en primera persona.

En este escenario, poco a poco, como sin querer hacer mucho ruido, llega el 4 de marzo y el Athletic, tras eliminar a uno de los mejores equipos de la Liga en un partido memorable, se clasifica para una nueva final. Curiosamente, veinticinco años después, nos volvemos a encontrar con uno de nuestros adversarios naturales, el Barcelona. Es el momento de la ilusión, de los viejos recuerdos, del orgullo, de los preparativos…, pero, no nos olvidemos, también es el momento de felicitar a la Junta Directiva, a su presidente, a los jugadores y al cuerpo técnico por haber asumido la Copa como un reto posible, asumiendo ciertos riesgos como los partidos de Liga con el Almería y con el Sevilla (en posiciones clasificatorias comprometidas) y devolviendo la ilusión a todo un pueblo. No pude asistir a dicho partido por encontrarme de viaje por motivos profesionales. Lo pude ver en una gasolinera de Calahorra y me sentí orgulloso. Por fin, éxito deportivo aparte, estábamos ante una oportunidad histórica. Podíamos conseguir un doble objetivo, incluso más importante que el deportivo. De un lado, demostrar a los más jóvenes que aquello que les habíamos contado y que les resultaba tan lejano y difuso: jugar una final y mostrar nuestro orgullo y nuestras señas de identidad. Que el fútbol es mucho más que Cristiano Ronaldo, Kaká , las Ligas europeas, los galácticos y el dinero. De otro, que podíamos conseguir, mediante una ilusión colectiva, zanjar las disputas internas que tanto daño nos han hecho en los últimos años y de las que, ¿por qué no decirlo?, también me siento responsable de ésta o de aquélla manera.

Sabiéndonos finalistas llega la hora de los preparativos. El principal, la consecución de las entradas. Toda Bizkaia quería estar en Valencia. Este objetivo resultaba imposible. Durante mi presencia como directivo de la Federación, bien sabe Ángel Villar las múltiples ocasiones en las que le he transmitido la conveniencia de que la Final de Copa se celebrase en Madrid, en sábado, como último partido de la temporada. Por respeto a la propia competición y, especialmente, a las aficiones que se trasladan en apoyo de su equipo. Máxime, en este caso, ante un Athletic-Barça. No ha podido ser y me resulta del todo punto incomprensible. Desde el primer momento me puse en el lugar de la Junta Directiva y comprendí las dificultades y problemas que iba a tener para poder contentar a socios, aficionados, peñistas, patrocinadores, ex jugadores, instituciones... Mi comprensión para todos ellos.

Se acercaba el día de la final. Inicialmente todos veíamos al Barça como un equipo inalcanzable. Transcurrían los días y, como no podía ser de otra forma, dado nuestro orgullo, empezamos a pensar como en su día lo hizo Bernard Shaw y posteriormente lo recogió Edward Kennedy en el funeral de su hermano Bob, cuando dijo "hay quienes ven las cosas como son y se preguntan ¿por qué? y hay otros que se imaginan las cosas como no son y se preguntan ¿por qué no? "Sin duda, lo mismo que hicimos en 1958 contra el Real Madrid como en 1984, precisamente contra el Barcelona, podíamos ganar.

Llega la semana, el viaje, Valencia y cada vez somos más conscientes de que podemos. ¿Por qué no? Llegamos al partido y, una vez más, nos sentimos orgullosos con el respaldo de todo un pueblo, el que estaba en Valencia y el que se quedó en Euzkadi. ¿Qué decir del comportamiento de nuestra afición? ¿Del colorido dado a Valencia? ¿De las calles de Bilbao, de nuestros pueblos? Estoy seguro de que quedaremos en el corazón de los valencianos.

Tuve la suerte de estar en Mestalla, de ver el espectáculo en mi localidad, junto a mis hijas, de soñar con nuestro gol, de ver a las aficiones hermanadas, de rememorar que, veinticinco años después, estamos ahí, con nuestro orgullo, con nuestro saber estar y nuestro saber perder, con elegancia.

También tuve tiempo de acordarme de aquellos jugadores que no tuvieron la oportunidad de disputar un partido como éste y que tanto han aportado a nuestro club, de aquéllos técnicos que han trabajado con entusiasmo y plena dedicación y que nunca aparecen en los reconocimientos… Una vez más el fútbol nos ha visto como referentes y esta final se recordará como muy especial, como un canto a la ilusión, a lo diferente, a nuestro carácter. Todo el fútbol se sintió un poco Athletic.

Pude ver a Joseba Etxeberria, Carlos Gurpegi, Fernando Amorebieta y tantos otros llorando. Sé lo que sintió el vestuario. Tuve la oportunidad de intentar consolarles con motivo de la semifinal perdida a penaltis contra el Betis y estoy seguro de que esta experiencia les hará más grandes, como a todos nosotros. ¡Ánimo!

Por último, a modo de colofón, me gustaría señalar que, pasado el agridulce sabor de la final, y sabiendo que, en breve, se inicia una nueva y exigente temporada con nuevos retos y temores, debemos acometer un período de reflexión sobre nuestro futuro. Prescindiendo de posturas emocionales, es el momento de realizar un análisis sosegado y racional sobre nuestro futuro, sobre nuestro encaje en un mundo globalizado. Sin posicionamientos previos.

Todos los que hemos desempeñado funciones directivas en nuestro querido Athletic y todos los que han dedicado tiempo a analizar nuestras fortalezas y debilidades (me veo en la necesidad de recordar, entre otros, a dos de las personas que mejor han centrado la cuestión: Ignacio Marco-Gardoqui y Xavier Aierdi), estamos de acuerdo en abrir un debate social que nos permita definir el trabajo a realizar durante los próximos años, asumiendo las consecuencias y aceptando la decisión final de nuestros socios y aficionados. El futuro está en juego.

Ante la llegada de la nueva temporada es el momento de realizar un análisis sosegado y racional sobre nuestro futuro, sobre nuestro encaje en un mundo globalizado

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