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14-07-2009
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El atentado de Alonsotegi marcó a Garbiñe para siempre
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El atentado de Alonsotegi marcó a Garbiñe para siempre
Iñigo Camino García
HAY días que parecen venir torcidos. Llegas a las páginas de esquelas de tu periódico y te encuentras con la noticia del fallecimiento de dos viejos conocidos, dos militantes abertzales de intachable trayectoria. Antón Kortazar, benemérito jelkide de Elorrio, toda una institución en el Tribunal Nacional de Justicia del EAJ/PNV. José Ramón Larrea, bellísima persona que en Alonsotegi supo transmitir siempre trabajo y cercanía.

Empiezas la jornada con la tristeza de muertes inesperadas. Y la vida sigue hasta que recibes una llamada que, aún siendo esperada por temida, te desgarra y te retrotrae en el tiempo a aquellos ilusionantes y duros años de la transición. "Garbi ha muerto", apenas puede balbucear Juantxu. "Encárgate -me dice- de avisar también a la familia de Galdames. Y quiero pedirte un favor. Y es que no sabes cuánto le gustaría a Garbi que apareciera un artículo sobre su vida en DEIA".

Garbiñe Zarate Camino será despedida hoy en Alonsotegi. Yo también estaré allí con toda su familia y sus muchísimos amigos. Será nuestro último reconocimiento a una vida plena que fue marcada por la violencia terrorista -reivindicada por unos autodenominados Grupos Armados Españoles (GAE)- en un ya lejano año 1980. Nuestro agradecimiento a una mujer fuerte, alegre y cariñosa, a la que la vida cambió en una noche de invierno de hace tres décadas. Nuestro agur a una abertzale irrepetible, con sus muchas virtudes y sus pequeños defectos.

Con la redacción de estas líneas, vuelvo al 20 de enero de 1980. Y es que creo que para Garbi siempre hubo un antes y un después a aquella trágica fecha. Ya de noche, aita recibe en nuestra casa de Begoñalde una llamada telefónica: "Han puesto una bomba en Alonsotegi... en el bar de Garbi. Hay muchos muertos y heridos".

Nunca olvidaré aquel rápido y eterno viaje de Bilbao a Alonsotegi. No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar, pero aquel dantesco espectáculo superó todo lo que -apenas joven adolescente- me podía haber llegado a imaginar. Nunca he sabido muy bien por qué aita quiso que le acompañara hasta la casa de nuestra prima, pero la verdad es que aquella noche marcó mi relación y confianza con él -un veterano militante del PNV- para siempre.

La noche en Alonsotegi estaba cerrada. La fachada del edificio del bar Aldana, para todos nosotros "donde Garbi", estaba absolutamente destrozada. El efecto destructor del explosivo había sido muy fuerte. Aplastados en las casas de enfrente, en la carretera y en todos los alrededores, se podía ver trozos y más trozos de restos humanos.

Traslado de heridos, curas realizadas allí mismo, sangre y restos de carne humana destrozada por todas partes. Todos los que estuvimos aquella noche en Alonsotegi jamás podremos olvidar aquellas imágenes. Dolor e incomprensión. Lágrimas y rabia. Oraciones e impotencia.

Pronto nos acercamos hasta Cruces y allí ya pudimos saber el verdadero alcance de la tragedia. Una tragedia con nombres y apellidos: Liborio Arana, Manuel Santacoloma, Mari Paz Ariño y Pacífico Fica. Los cuatro asesinados por la extrema-derecha eran militantes o simpatizantes del Partido Nacionalista Vasco. Para mí eran muy cercanos Paci y su mujer, afiliados en Sodupe. Luego supe que Liborio también era de la familia y conocía mucho a algunos de sus hijos. Santacoloma, muy apreciado en Alonsotegi, completaba la lista de víctimas mortales. El atentado se cobró también una decena de heridos de distinta consideración, buena parte de ellos también familiares o conocidos del PNV.

Indignación desde la condena todos los terrorismos

"Queremos alzar nuestra voz en contra del terrorismo -afirmaría muchos años después uno de los hijos de Liborio- del que hubo entonces y del que hay ahora, porque anhelamos poder vivir en nuestra tierra en paz y libertad, sin violencia (...). Esa bomba era la expresión de la violencia con intencionalidad política y político su objetivo. Terrorismo puro y duro que no hizo sino crear un inmenso y profundo dolor en varias familias de Alonsotegi, un sufrimiento injusto y sacrificio inocente de todas las víctimas del terrorismo".

Muy pocos días después del atentado, en la revista Euzkadi, ya se podía leer al burukide Rober Aretxabala asegurar desde Alonsotegi que "la gente, dentro de la indignación, se mantiene tranquila, y está decidida a prestar todo el apoyo posible a las víctimas, siempre que no entren en juego los medios violentos, de los que ya estamos más que hartos y que condenamos sin paliativos".

Creo que Garbi ya nunca más volvió a levantar cabeza. Una larga y dura recuperación. Una operación tras otra, a consecuencia de los efectos de la onda expansiva, hasta casi hoy mismo. Sí, Garbi era víctima del terrorismo, pero siempre huía de la victimización. A veces he pensado que para Garbi, además de las heridas físicas, todavía fueron más dolorosas las continuas llamadas telefónicas posteriores, los anónimos amenazantes que le fueron minando aún más la moral, aunque siempre intentara mostrarse dura hacia fuera.

Aquel crimen quedó para siempre impune. Fue en años difíciles y convulsos. Había pasado ya una primera época de guerra sucia en los albores del franquismo protagonizada por neofascistas italianos o argentinos y por ex militantes de la OAS con la cobertura de los Servicios de la Presidencia surgidos en la época de Carrero Blanco. No habían surgido todavía los institucionalizados GAL de la época socialista con sus ramas azules y verdes. ¿Quién estaba detrás de aquel asesinato masivo? ¿Fue una operación de castigo hacia lo que representaba el PNV?

Apenas 24 horas después del atentado de Alonsotegi, el Gobierno Civil sacaba una nota en la que afirmaba que "asume la responsabilidad de adoptar cuantas medidas policiales y de actuación antiterrorista sean necesarias para apoyar las instituciones democráticas y aislar a los asesinos, que no dudan en emplear su violencia deliberada contra personas inocentes".

Lo cierto es que nunca se avanzó nada en la clarificación del atentado. Aunque, según los periódicos de la época, el propio director general de la Policía, José Sainz, se trasladó a Bilbao para "ponerse al frente de la investigación oficial"; ésta nunca dio el menor fruto. Nadie fue nunca juzgado ni castigado por aquel execrable asesinato indiscriminado.

Muchos años después, trabajando ya como periodista, supe que una pista -nunca confirmada- dirigió fundadas sospechas hacia un policía, un mando intermedio, destinado en la comisaría de Barakaldo. La verdad es que nunca le llegué a comentar nada a Garbi. ¿Cómo hablarle sin provocarle más dolor de aquellos años, entre la Triple A y los GAL, en la que las líneas informales de poder -entre el viejo régimen no desaparecido y el naciente sistema no consolidado- y las relaciones personales entre policías y ultraderechistas marcaron aquellos duros episodios de guerra sucia?

Garbi nunca quiso convertirse en una víctima del terrorismo. Ella era sólo una aber-tzale que, desde Encartaciones, estaba enamorada de su país desde que siendo una cría comenzó a militar en el antifranquismo desde el PNV. Su imborrable recuerdo permanecerá en nuestra memoria, junto al de Liborio, Pacífico, Mari Paz y Manuel.

Garbi no quiso ser en una víctima del terrorismo, ella era sólo una abertzale enamorada de este país

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Una pista no confirmada vinculó el atentado de Alonsotegi con un policía de la comisaría de Barakaldo
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