lA mirada de los niños. Ése es uno de los motivos por los que para Rubén Vadillo merece la pena estar "al pie del cañón". "La gente, los niños, cuando te ven te sonríen, te saludan. Y eso es lo que te hace seguir aquí. Ellos son felices con poco", asegura este balmasedano de 23 años, estudiante de Arquitectura. Lleva dos meses en Anantapur gracias a un convenio que su universidad, la IE Universidad de Segovia, tiene con la Fundación Vicente Ferrer. Rubén trabaja concretamente en la oficina de construcción de proyectos, donde junto a sus compañeros realiza desde el diseño hasta el seguimiento en obra de infraestructuras que la Fundación levanta dentro de sus instalaciones. Ahora tienen entre manos un pabellón de pediatría en el hospital de Bathalapalli, un auditorio, la ampliación del hospital de VIH, está en proyecto una residencia para las estudiantes de enfermería, etc.
"Aquí como profesional creces mucho en la parte técnica, porque estás tanto en oficina como en obra", asegura. "Y a nivel personal supone conocer otra cultura y ayudar a la gente. Nosotros no tenemos un contacto tan directo con la gente de aquí como los voluntarios que dan clase de castellano, por ejemplo, pero estás ayudándoles con tu labor: construyes casas, hospitales, escuelas... Estás colaborando a que la gente más pobre tenga un mínimo", explica.
La vida de un voluntario en Anantapur es trabajo y más trabajo. Rubén vive en una de las habitaciones del Campus de la Fundación, que constan de dormitorio y cuarto de baño. Se levanta todos los días a las 7.30 horas y acude al gimnasio que está a unos tres kilómetros del Campus, en el estadio de criquet. "Voy una horita para desconectar un poco, porque la vida aquí es muy intensa. El tiempo pasa deprisa, estás en constante actividad y hacer deporte te despeja y es una manera de salir del Campus". La jornada laboral generalmente finaliza a las 18.30 horas, y Rubén aprovecha entonces para leer un poco, dibujar, escribir... Todas las comidas las hace en la cantina de la Fundación y éstos son los únicos momentos del día en los que se encuentra con el resto de voluntarios. "También nos juntamos de tertulia por las noches, después de cenar. Eso nos sirve para interactuar y contarnos lo que nos ha pasado a lo largo del día. Es un desahogo", asegura. El domingo es el día libre, así que los voluntarios aprovechan para salir y hacer excursiones "para cambiar un poco el chip".
Rubén, de momento, no ha tenido problemas con la comida pero reconoce que aquí "es siempre lo mismo". Así, confiesa que además de a sus amigos, a su familia y a su novia, echa de menos "¡la carne!". "¡Es que me estoy volviendo vegetariano!", exclama.
Lo que no echa de menos para nada Rubén es la tele. "No me hace falta. Me estoy dando cuenta de que allí somos muy materialistas. No somos alegres porque sentimos miedo de perder lo que tenemos, a que nos roben. Aquí son muy abiertos y te dan lo que tienen. Sin tener nada son felices", afirma. Lo que no le gusta de la sociedad india es "que tienen una estructura muy piramidal y la mujer queda bastante mal parada. El problema es que hay muchas castas y lo tienen muy asumido", asegura. "En la construcción, por ejemplo, el trabajo duro lo hace la mujer. Si hay que hacer una pared de bloques de hormigón, es la mujer la que carga con los bloques y luego el hombre los coloca", apostilla. "Yo definiría a India como el caos ordenado. Es un caos, pero a la vez funciona... Hay algo ordenado", reflexiona.
Rubén no se arrepiente para nada de su decisión de venir a Anantapur, y alaba la labor de la Fundación: "Lo que han hecho aquí es tan grande que no se puede concebir".
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"Allí somos muy materialistas. No somos alegres porque sentimos miedo de perder lo que tenemos"
"Yo definiría a India como el caos ordenado; es un caos, pero a la vez funciona. Así que hay algo ordenado..." |